
Entre el bullicio de los pendientes, las prisas del deber y el cansancio acumulado, siempre se levanta un momento en que la mano fatigada toma la corona de cuentas y el corazón se detiene para rezar el rosario.
En cada misterio, el tiempo cronológico se detiene para dar paso al tiempo de Dios. Para quien vive contrarreloj, este rato no es una carga más en el día a día, sino que se convierte en un oasis de gracia. Es el instante en que la eternidad irrumpe en la rutina para recordar a mi alma su verdadero origen y destino.
Mientras los dedos recorren las cuentas, se teje un diálogo íntimo con la historia de la salvación. Al meditar los misterios, no solo se recuerdan hechos del pasado, sino que se hacen presentes las verdades que sustentan la existencia. Es contemplar el rostro de Cristo a través de los ojos y el dulce Corazón de María.
Y es que rezar el rosario en medio de la escasez de tiempo adquiere un valor profundamente contemplativo. No importa si las cuentas se desgranan en el silencio de una madrugada de vigilia, en el asiento de la camioneta o en una pausa o descanso fugaz de las labores rutinarias. Ese deseo por quitarle minutos al reloj para dárselos al Creador se convierte en una oración de dulce perfume que alienta mi alma y fortalece la virtud.
Nuestra Madre del Cielo sabe de prisas, como cuando salió apresurada a visitar a su prima Isabel. Ella comprende que el valor de la oración no radica en la cantidad de horas, sino en la intensidad y profundidad del abandono.
Al final de la última Salve, mi alma regresa a sus labores y afanes con una paz distinta. El tiempo exterior sigue exigiendo su apresurado ritmo, pero por dentro, el rezar el rosario transforma y lleva mi deseo a unirse aún más a Cristo.
Rosa De Oliveira, OP.
(Fraternidad Laical dominicana «Pier Giorgio Frassati»)
