Una misión odontológica en el Amazonas: cuando el Evangelio se anuncia con una sonrisa

Hay misiones que comienzan con una maleta llena de instrumentos odontológicos, medicamentos y muchas ganas de ayudar. Pero hay otras cosas que no caben en el equipaje y que resultan indispensables para la aventura: la paciencia, la capacidad de escuchar, el deseo de aprender y, sobre todo, un corazón dispuesto a descubrir a Dios en lugares y personas inesperados.
Así comenzó la experiencia de un grupo de odontólogos y estudiantes de odontología que llegó a una misión católica en el Amazonas para atender a las comunidades indígenas. Llevaban sus conocimientos profesionales y el deseo de aliviar el dolor de quienes tenían dificultades para acceder a la atención odontológica. Lo que no imaginaban era que, además de dientes y muelas, tendrían que atender miedos, vencer timideces, aprender otra lengua y descubrir que, en aquella selva maravillosa, las cosas no siempre suceden como uno las ha planeado.
Porque una cosa es trabajar en un consultorio bien equipado, con su sillón reclinable, su lámpara y sus pacientes dispuestos a colaborar, y otra muy distinta es instalarse en el corazón del Amazonas, donde la naturaleza impone sus propias reglas y los pacientes, especialmente los más pequeños, tienen una imaginación que ningún manual universitario contempla.












Primero, aprender a comunicarse
Los primeros encuentros estuvieron marcados por la timidez y las dificultades para entenderse. Los indígenas observaban a los visitantes con curiosidad, pero no siempre se animaban a acercarse. Algunos permanecían a cierta distancia; otros miraban con cautela aquellos instrumentos metálicos que los odontólogos sacaban de sus maletas.
Y no era difícil comprenderlos. Imagínense que un desconocido se acerque con un espejo diminuto y unas pinzas, les haga preguntas en una lengua que no entienden y, acto seguido, les pida que abran la boca. ¡No parece precisamente una invitación irresistible!
Los estudiantes comprendieron pronto que no podían comenzar por los dientes. Antes tenían que llegar al corazón de las personas, y para ello necesitaban encontrar un lenguaje común.
Así que empezaron por lo más sencillo y, al mismo tiempo, por lo más importante: aprender algunas palabras de la lengua indígena.
Sus primeras lecciones no fueron complicadas explicaciones sobre las caries o las enfermedades de las encías. Fueron expresiones sencillas, palabras capaces de transmitir cercanía y confianza.
Aprendieron primero a preguntar:
«¿Dónde te duele?» «Quiero ayudarte». Y también: «Gracias».
Tres expresiones sencillas que encerraban mucho más que una intención profesional. Eran una manera de decir: «Estoy aquí, me importas, quiero comprenderte y deseo hacer algo por ti».
Pronunciar aquellas palabras debió de exigirles esfuerzo, repetirlas hasta recordarlas y aceptar que, al principio, no siempre salieran correctamente. Pero cada palabra aprendida abría una puerta. Cada gesto de comprensión facilitaba un nuevo acercamiento.
Y así, poco a poco, la comunicación dejó de ser un obstáculo insalvable para convertirse en un puente.
Los estudiantes estaban aprendiendo odontología de una manera que ninguna clase podía enseñarles por completo: descubriendo que, para curar, primero hay que acercarse; que, para ayudar, primero hay que escuchar, y que una palabra pronunciada con cariño puede inspirar más confianza que una larga explicación incomprensible.
Cuando los pacientes se suben a los árboles
Si los adultos se acercaban con timidez, los niños tenían sus propios métodos para enfrentarse a aquellos extraños que querían examinarles los dientes.
Algunos se escondían. Otros huían discretamente. Y hubo quienes encontraron una solución mucho más eficaz: ¡subirse a los árboles!
Desde allí arriba, el odontólogo quedaba a una distancia bastante tranquilizadora. Al menos para los pequeños.
El problema era que los dientes seguían necesitando atención, y la misión no había llegado hasta el Amazonas para rendirse ante unas cuantas ramas.
Fue entonces cuando una de las estudiantes protagonizó una de las anécdotas más entrañables de aquella experiencia.
Al darse cuenta de que algunos niños preferían las alturas a la consulta odontológica, decidió acercarse a ellos de una manera diferente. Si no querían bajar, ella subiría.
Y así, entre ramas y hojas, comenzó una tarea que seguramente no figuraba en el programa de sus estudios universitarios. Allí, en aquel consultorio improvisado entre los árboles, la estudiante intentaba examinar las bocas de sus pequeños pacientes, que poco a poco iban descubriendo que aquella joven no quería hacerles daño, sino ayudarlos.
¡Quién le habría dicho que para ejercer su profesión tendría que combinar la odontología con ciertas habilidades de escalada!
Pero la historia no terminó ahí.
Una corona con una estrella
Los niños comenzaron a descubrir que detrás de los instrumentos, las preguntas extrañas y las primeras dificultades para entenderse había una persona que los quería ayudar. La estudiante, por su parte, había encontrado una manera de acercarse a ellos sin obligarlos a abandonar de golpe sus miedos.
Y los pequeños quisieron agradecérselo a su manera.
Fabricaron para ella con fibras vgetales, una corona con una estrella.
¡Qué regalo tan hermoso! Aquellos niños, que al principio escapaban del odontólogo y se refugiaban en los árboles, habían encontrado un motivo para acercarse a la estudiante y expresarle su cariño.
La corona se convirtió en un símbolo de la confianza conquistada. Ya no era necesario perseguir a los pequeños entre las ramas ni convencerlos de que bajaran a la fuerza. Ahora había una relación distinta, construida con paciencia, afecto y respeto.
Y la estudiante encontró una nueva manera de atenderlos.
Esta vez, el consultorio improvisado no estaba en los árboles. El sillón odontológico eran sus propias piernas.
Los niños se acomodaban sobre ellas para que pudiera revisarles la boca. La joven, con su corona adornada con la estrella, atendía a sus pacientes en aquella consulta tan singular, donde no había sillones profesionales ni equipos sofisticados, pero sí algo indispensable: la confianza de los pequeños.
La imagen resulta inolvidable. Una estudiante convertida en odontóloga, sillón y amiga; una corona infantil coronando una jornada de servicio, y unos niños que habían cambiado el escondite por la cercanía.
¡Qué lección para todos!
A veces pensamos que somos nosotros quienes llegamos a enseñar, y descubrimos que son los demás quienes nos muestran el camino. Aquella estudiante había ido a revisar dientes, pero los niños le enseñaron que la confianza no se exige, se merece; que la ternura puede vencer el miedo y que, cuando alguien se siente querido, hasta el más desconfiado termina por acercarse.
Y aquella estrella, fabricada por manos pequeñas, parecía iluminar algo que iba mucho más allá de una consulta odontológica.
Así entra el Evangelio en las misiones
En las misiones, el Evangelio no llega únicamente a través de las palabras, las celebraciones o la enseñanza religiosa. También entra por las manos que sirven, por los oídos que escuchan, por la paciencia que espera y por el corazón que sabe hacerse cercano.
La experiencia de aquellos odontólogos y estudiantes es una hermosa imagen de esa manera de evangelizar.
Llegar a una comunidad indígena no significa pretender que todos vivan, hablen o se comporten como quienes vienen de fuera. Significa acercarse con respeto, reconocer el valor de su cultura, aprender su lengua y descubrir las riquezas humanas que existen en su manera de vivir.
El anuncio cristiano encuentra su verdadero sentido cuando se hace encuentro; cuando no se impone desde la distancia, sino que se ofrece con humildad; cuando no pretende borrar las diferencias, sino que aprende a convivir con ellas desde el amor.
Por eso, aquellos estudiantes tuvieron que aprender primero a preguntar dónde dolía, a expresar que querían ayudar y a dar las gracias. Antes de poder explicar muchas cosas, tuvieron que demostrar con sus actos que estaban allí para servir.
Y en ese camino también ellos fueron evangelizados.
Porque el Evangelio se anuncia con palabras, sí, pero se hace visible de manera especial cuando alguien se detiene ante el sufrimiento de otro, cuando se esfuerza por comprenderlo y cuando pone sus conocimientos al servicio de quien los necesita.
La estudiante que subió al árbol, la corona con la estrella y el consultorio improvisado sobre sus piernas son imágenes que hablan de un Evangelio que se adapta a las circunstancias, respeta la cultura y encuentra caminos inesperados para llegar al corazón.
No hubo necesidad de grandes discursos. Bastó una joven dispuesta a subir a un árbol, unos niños que se atrevieron a confiar y un regalo hecho con sus propias manos.
Así, entre sonrisas y revisiones dentales, el mensaje cristiano se hizo cercano y concreto: cada persona merece ser acogida, cada cultura merece ser escuchada y cada gesto de amor puede convertirse en una puerta abierta a Dios.
Las sonrisas, las frutas y los regalos de la selva
Pero quienes participaron en aquella misión no solo llevaron cosas. También recibieron mucho.
¡Qué agradable era encontrarse con las sonrisas de los indígenas después de superar las primeras barreras! Aquellas sonrisas tenían el sabor de la confianza conquistada y la alegría de un encuentro que había dejado de ser extraño.
Y estaban las frutas, ofrecidas como muestra de hospitalidad y agradecimiento. Regalos sencillos, nacidos de la generosidad de quienes compartían lo que tenían.
En un mundo donde tantas veces medimos la generosidad por el precio de las cosas, aquellos gestos recordaban que el verdadero valor de un regalo está en el cariño con que se entrega.
Recibir una fruta de manos de alguien que al principio apenas se atrevía a acercarse tenía un significado especial. Era una manera de decir que la distancia se había acortado, que el visitante había dejado de ser un desconocido y que entre unos y otros comenzaba a crecer una relación de confianza.
Los odontólogos y estudiantes habían llegado para atender a los indígenas, pero también recibieron de ellos algo que no podían guardar en una maleta: el conocimiento de un ambiente distinto, la oportunidad de conocer otra cultura y la experiencia de descubrir nuevas formas de relacionarse con la naturaleza y con los demás.
La selva les ofrecía, además, un escenario extraordinario. La vegetación exuberante, la variedad de frutos, la riqueza de la vida y la belleza de aquel mundo natural invitaban a detenerse y contemplar.
En medio de aquella creación desbordante, era difícil no experimentar admiración.
Encontrar a Dios entre la gente sencilla
Hay lugares donde la presencia de Dios parece hacerse especialmente palpable. No porque esté ausente de los demás, sino porque la belleza de la naturaleza, la sencillez de las personas y la generosidad de los pequeños gestos nos ayudan a descubrirlo con una claridad nueva.
El Amazonas fue para aquellos misioneros una oportunidad de contemplar la maravilla de la creación y reconocer que la vida es un regalo que merece respeto y cuidado.
Pero Dios no se manifestaba solamente en los árboles inmensos, en la riqueza de la selva o en la abundancia de sus frutos. También se hacía presente en los rostros de las personas, en la sonrisa tímida de un niño, en una fruta ofrecida con cariño, en una palabra aprendida con esfuerzo y en una corona fabricada por unas manos pequeñas.
Estaba en la paciencia de los estudiantes, en la entrega de los odontólogos y en la confianza que fue naciendo entre personas que al principio ni siquiera podían comunicarse con facilidad.
Estaba, sobre todo, en la sencillez de aquel encuentro.
Porque encontrar a Dios entre la gente sencilla no significa idealizar sus vidas ni ignorar sus dificultades. Significa reconocer su dignidad, dejarse enseñar por ellos y descubrir que el amor puede manifestarse de maneras muy humildes, pero profundamente transformadoras.
Quienes fueron a dar recibieron también. Quienes llegaron para enseñar aprendieron. Y quienes creían tener todas las herramientas necesarias para atender a sus pacientes descubrieron que había una herramienta imprescindible que no se vende en ninguna tienda de material odontológico: la capacidad de amar al prójimo.
Una misión que dejó huella
Al recordar aquella experiencia, seguramente volverán a la memoria las dificultades de los primeros días, las palabras pronunciadas con esfuerzo, las miradas tímidas y los pequeños que escapaban para esconderse en las alturas.
Pero también regresarán las risas, las frutas compartidas, las sonrisas agradecidas y aquella corona con una estrella que transformó a una estudiante en la heroína de sus pequeños pacientes.
Quizá esa corona fue uno de los reconocimientos más hermosos que recibió durante su formación. No llevaba piedras preciosas ni metales costosos. Estaba hecha por niños que habían aprendido a confiar en ella.
Y eso le daba un valor extraordinario.
La misión había comenzado con el propósito de cuidar la salud bucal de una comunidad indígena, pero terminó convirtiéndose en una experiencia de encuentro, aprendizaje y fe.
Los odontólogos ofrecieron sus conocimientos; los estudiantes descubrieron nuevas dimensiones de su vocación, y la comunidad les permitió entrar en su mundo, conocer sus costumbres y compartir la riqueza de su vida cotidiana.
Todos, de alguna manera, salieron enriquecidos.
Porque la misión no consiste solamente en llevar ayuda a quienes la necesitan. También consiste en dejarse transformar por el encuentro, reconocer la dignidad del otro y comprender que el amor no tiene una sola lengua, una sola cultura ni una única manera de expresarse.
En aquella parte del Amazonas, Dios se dejó encontrar entre la gente sencilla, en la generosidad de sus habitantes y en la maravilla de una creación que invita constantemente a contemplar, agradecer y cuidar.
Y tal vez, cuando aquellos estudiantes regresaron a sus consultorios, nunca volvieron a mirar de la misma manera una silla odontológica, una boca abierta o una sonrisa.
Porque habían aprendido que detrás de cada paciente hay una persona, detrás de cada cultura hay un mundo que merece ser conocido y detrás de cada gesto de generosidad puede esconderse una lección inolvidable.
Y quién sabe si, al recordar aquella aventura, la estudiante de la corona y la estrella todavía sonríe al pensar que, en el corazón del Amazonas, descubrió una verdad que ningún libro de odontología podía enseñarle:
Para llegar a los dientes, primero hay que conquistar la confianza; para anunciar el Evangelio, primero hay que hacerse hermano, y para encontrar a Dios, a veces basta con detenerse a mirar con amor a las personas que Él pone en nuestro camino.
Porque en aquella misión, entre árboles, frutas y sonrisas, no solo se atendieron bocas. También se abrieron corazones.
Que María Estrella de la Evangelización acompañe a cada misionero y a cada comunidad que recibe la sonrisa de la Buena Noticia.
Ina OP
