EL PRECURSOR SILENCIOSO DE POMPEYA

Un humilde y sabio fraile dominico: el padre Alberto Radente.

Antes de convertirse en el gigante de la fe, el apóstol providencial del Santísimo Rosario y el arquitecto de la Nueva Pompeya, Bartolo Longo transitó por los valles oscuros de la confusión humana. En su juventud napolitana, herido por las corrientes ideológicas de su tiempo, llegó a enredarse en las redes del espiritismo y el ocultismo. Aquella falsa luz lo dejó sumido en una profunda y asfixiante depresión, al borde del abismo y de la total desesperación.

Sin embargo, la Providencia Divina nunca abandona a un alma que busca sinceramente la verdad. A través de la mediación providencial de su amigo y profesor Vincenzo Pepe, sus pasos fueron guiados hacia el confesionario del convento Santo Domingo Mayor, donde lo aguardaba un humilde y sabio fraile dominico: el padre Alberto Radente.

El padre Radente no solo acogió a un joven quebrantado, sino que se convirtió en su padre espiritual, el instrumento de la gracia que lo rescató de las tinieblas y lo reconcilió con la Iglesia. De sus labios brotó aquella sentencia profética y salvadora que marcaría para siempre el destino de Bartolo y el de millones de almas:

«Si buscas la salvación, propaga el Rosario. Es promesa de María».

Cuando Bartolo Longo llegó por primera vez a aquellas tierras desoladas de Pompeya para administrar las propiedades de la condesa Marianna de Fusco, descubrió una realidad desoladora: campesinos sumidos en la miseria material, pero sobre todo espiritual, ignorantes de la fe y totalmente ajenos a la oración del Rosario.

Ante la urgente necesidad de sembrar el Evangelio, Bartolo buscaba una imagen sagrada que sirviera de ancla espiritual para el pueblo. Fue entonces cuando el padre Radente intervino de nuevo: fue él quien consiguió y donó el venerado cuadro de la Virgen del Rosario. Aquella pintura —encontrada en condiciones precarias y adquirida casi como un desecho— se convertiría en el corazón latente del culto, el foco de innumerables milagros y la piedra angular sobre la cual se levantaría el imponente Santuario que hoy ilumina al mundo.

Así como San Juan Bautista preparó los caminos del Señor en el desierto y disminuyó discretamente para dar paso a la luz de Cristo, el padre Alberto Radente preparó el terreno humano y espiritual de Bartolo Longo. Él aró la tierra del corazón del fundador, proveyó la imagen sagrada que inauguró la devoción y sostuvo con paciencia evangélica los cimientos ocultos y silenciosos de la misión.

En un designio de profunda belleza teológica, el padre Radente partió de este mundo terrenal justo cuando la gran obra del templo y la devoción mariana comenzaban a expandirse y consolidarse gloriosamente, cumpliendo fielmente su misión de precursor.

Como legado de gratitud eterna y como testimonio vivo de ese reconocimiento, los restos mortales del padre Alberto Radente descansan hoy con honor en la cripta del Santuario de Pompeya, aquel recinto sagrado del cual fue designado como su primer Rector.

El propio San Bartolo Longo mantuvo siempre encendida la llama de la gratitud hacia su padre espiritual. Reconoció públicamente, hasta el último de sus días, que sin la guía firme, la paciencia inagotable y la intervención providencial del padre Radente, la gran obra de la misericordia mariana en el valle de Pompeya jamás habría nacido.

Virgen del Santísimo Rosario ora pro nobis

Deja un comentario