La tiranía de las partículas y la gesticulación clerical: cómo el descuido ritual licúa nuestra fe

Willy Rivero, O.P.

Quienes nos identificamos con el carisma de la Orden de Predicadores sabemos bien que las palabras y las formas importan. No por un purismo gramatical estéril o un rúbricismo obsesivo, sino porque el lenguaje y el signo litúrgico son los vehículos de la Verdad (Veritas). Cuando descuidamos la precisión de los términos o alteramos arbitrariamente los gestos corporales, corremos el riesgo latente de licuar la densidad de los dogmas que profesamos. Curiosamente, algunos de los hackeos semánticos y rituales más severos contra nuestro ethos no provienen de discursos laicistas externos, sino del descuido cotidiano y la inercia adaptativa en nuestras propias oraciones comunitarias, arrastrados muchas veces por el sentimentalismo de la asamblea y la omisión de los pastores.

Para reactivar este espacio tras un largo silencio, quiero detenerme en cinco vicios comunes —tres de carácter lingüístico-filológico y dos de índole gestual— que operan como una silenciosa deformación de la fe católica en la práctica parroquial ordinaria.

1. El «en» de contrabando: la deconstrucción semántica del Credo

Es un escenario real de misa dominical, al llegar al tercer artículo del Credo de los Apóstoles, es casi universal escuchar a la asamblea, e incluso al sacerdote celebrante, recitar mecánicamente: «Creo en el Espíritu Santo, en la santa Iglesia Católica, en la comunión de los santos…». Ese segundo y tercer «en» constituyen un sutil pero real extravío teológico que ocurre por error de inercia gramatical y de audición en el habla cotidiana. Pareciera un detalle «sin relevancia alguna», pero genera un cambio que es importante explicar.

Nuestro Credo litúrgico está traducido directamente del latín eclesiástico, y es precisamente en las leyes de su gramática de origen donde se halla el porqué de esta exclusión preposicional. En el texto oficial del Misal Romano, la estructura cambia de forma deliberada utilizando dos construcciones sintácticas distintas según el objeto confesado:

  • Con la preposición in más acusativo (Credo in…): Se reserva de manera exclusiva para las Tres Personas de la Santísima Trinidad (Credo in Deum Patremin Iesum Christumin Spiritum Sanctum). En la filología teológica, el régimen de credere in implica un movimiento de la voluntad y el corazón; significa poner la confianza absoluta, la esperanza de salvación y la adoración en Alguien. Solo Dios es digno de este acto ontológico.
  • Sin la preposición in, usando el acusativo directo: Inmediatamente después de nombrar al Paráclito, el latín retira tajantemente la partícula y enuncia de corrido: «…sanctam Ecclesiam catholicam, sanctorum communionem, remissionem peccatorum…».

Al verterse a la lengua vernácula, la traducción fiel está obligada a conservar esta distinción originaria. Santo Tomás de Aquino lo dejó zanjado con nitidez en la Suma Teológica (II-II, q. 2, a. 2). El Aquinate explica que al retirar el in y decir propiamente «creo la Iglesia» (es decir, creo que existe y está santificada), el sentido del verbo transmuta: ya no adoramos a la institución humana e histórica como si fuera una divinidad, sino que profesamos su misterio y sus marcos de mediación sacramental como un fruto creado donde actúa el Espíritu Santo. Introducir el «en» por inercia conversacional diluye la frontera infranqueable entre el Creador y lo creado.

2. El «los» de la exclusión: la distorsión del Ave María

El segundo vicio lingüístico se ha normalizado tanto que omitirlo causa extrañeza en los devocionarios populares. Millones de fieles clausuran sus oraciones marianas exclamando: «…ruega por nosotros los pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte». Parece una añadidura estilística inofensiva, pero la inserción del artículo determinado «los» dinamita una categoría antropológica fundamental del catolicismo. El texto oficial aprobado para la liturgia es taxativo: «ruega por nosotros, pecadores».

En la sintaxis original (Ora pro nobis, peccatoribus), la palabra «pecadores» funciona como una aposición explicativa que califica al sujeto absoluto «nosotros». Es una declaración de humildad universal y compartida: define la naturaleza actual e histórica de todo el colectivo humano que se encuentra orando. Desde el Santo Padre en Roma hasta el laico metido en la cotidianidad material de la intemperie civil, todos compartimos exactamente la misma condición deficitaria y fracturada tras la caída.

Al decir «nosotros LOS pecadores», el lenguaje introduce un binarismo excluyente. Divide la humanidad en dos: semánticamente, se construye un grupo delimitado llamado «los pecadores» y, por defecto o simetría inversa, se asume la existencia de otra facción de la humanidad que estaría exenta de dicha condición, lo cual es inexistente, pues desde el sumo pontífice, hasta el último laico, TODOS, somos pecadores. Al suprimir el artículo, el dinamismo de la oración nos unifica a todos en la intemperie de nuestra fragilidad, necesitados por igual de la intercesión de nuestra Madre, la Santísima Virgen María.

3. El voluntarismo de una «N»: la inversión de la Gracia en el Gloria

Un tercer extravío verbal —este de orden estrictamente teológico— acontece durante el canto o rezo del gran himno litúrgico del Gloria. Por inercia acústica o descuido conceptual, una abrumadora mayoría de fieles deforma la estrofa inicial proclamando: «Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres que aman al Señor».

Agregar esa letra «n» y la preposición «al» altera radicalmente el sentido soteriológico del himno. La fórmula oficial y escriturística (fiel al Evangelio de Lucas 2, 14) reza con exactitud: «…y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor»

La diferencia no es cosmética; es la distancia que separa al voluntarismo pelagiano de la doctrina cristiana de la Gracia. Al decir «que aman al Señor», la asamblea sitúa el origen de la paz y de la salvación en una condición meramente humana: la paz divina solo alcanzaría a aquellos hombres que demuestren poseer la capacidad o la iniciativa de amar a Dios. Se olvida la verdad fáctica de nuestra condición: la historia demuestra que muchos hombres no aman al Señor. Si la Gracia dependiera de nuestra fidelidad previa, estaríamos desamparados. Al restituir la pureza del texto original —«que ama el Señor»—, la teología recupera su vector correcto: la iniciativa es siempre divina. La paz es el don gratuito que se derrama sobre la humanidad porque Dios nos ama primero (1 Jn 4, 19), de manera incondicional, soberana y libre, independientemente de nuestra indigencia espiritual.

4. Gestos en el Padre Nuestro: entre la tentación clericalista y la horizontalidad afectiva

Pasando del lenguaje a la corporalidad ritual, nos topamos en este instante de la misa con dos costumbres tan generalizadas como problemáticas, las cuales mimetizan o distorsionan el comportamiento sagrado: la de levantar o extender los brazos a imagen del ministro, y la de tomarse de las manos a lo largo de los bancos. Ambas prácticas operan como un doble síntoma de la falta de discernimiento litúrgico.


Por un lado, la Instrucción General del Misal Romano no es ambigua al respecto: el gesto de extender las manos (oratio manibus extensis) es un signo estrictamente presidencial. Corresponde en exclusiva al sacerdote que preside la asamblea eucarística, quien actúa in persona Christi capitis (en la persona de Cristo Cabeza) y eleva la plegaria en nombre de todo el cuerpo místico. Cuando el laico usurpa este gesto por mero mimetismo afectivo, se produce una severa confusión de signos en la ecología del espacio sagrado. Esta imitación voluntaria revela una sutil pero preocupante clericalización del laicado, sustentada en la falsa premisa posmoderna de que para «participar activamente» el fiel debe copiar las funciones del orden sagrado.

Por otro lado, la arraigada costumbre de tomarse de las manos carece por completo de sustento en las rúbricas oficiales y desvirtúa la arquitectura teológica del rito. Esta práctica horizontaliza de forma prematura un momento cuyo vector es estrictamente vertical: una elevación filial, reverente y unánime hacia la trascendencia del Padre. Al forzar este contacto físico, la atención se desvía del misterio del altar hacia los costados, transformando una oración mística en una dinámica de sociabilidad humana y en una experiencia de sentimentalismo sensorial, que, además, resulta invasiva. Exige que personas extrañas se vean forzadas a una intimidad corporal que la Iglesia no les pide, generando incluso incómodas exclusiones visuales cuando un fiel decide legítimamente mantener su recogimiento interior, rompiendo la verdadera paz que debería reinar en la asamblea. La auténtica comunión eclesial no se fabrica mediante gesticulaciones forzadas ni sentimentalismos de grupo, sino en la unión invisible de las almas en la misma fe profesada.

5. El rito de la paz y la profanación del Agnus Dei: la inercia de la «hora loca»

Finalmente, asistimos con frecuencia al desborde que ocurre inmediatamente antes de la fracción del pan. El sacerdote invita a la asamblea a manifestar de manera mutua el don de la paz, y de inmediato el templo sufre una mutación desordenada que recuerda a una «hora loca» de festejo secular: fieles que abandonan deliberadamente sus puestos, personas que se pasean por los pasillos para saludar a conocidos distantes y un murmullo generalizado que fractura la solemnidad del misterio. 

La Santa Sede se vio en la necesidad de publicar una circular aclaratoria específica («El significado ritual del don de la paz en la Misa», por la Congregación para el Culto Divino) para frenar este abuso. La paz en la liturgia no es un saludo social. Es la Paz de Cristo Resucitado la que se derrama de manera transitiva desde el altar hacia la asamblea. El rito exige dar la paz únicamente a quienes están más próximos, sin abandonar el propio lugar.

Sin embargo, lo más alarmante de este desborde es su inercia ciega. Comienza el canto o rezo del Cordero de Dios —el momento culmen de la fracción del pan— y buena parte de la asamblea continúa de espaldas, sumergida en el bullicio de los saludos sociales. Es una escena contradictoria. Si nos detenemos a contemplar con ojos de fe lo que ocurre en el altar, el panorama resulta desolador: Cristo ya se ha hecho presente de manera real e inmediata, expuesto ante la comunidad, esperando con asombro y desilusión a que sus propios fieles terminen de saludarse entre sí para volver a fijar la atención en Él. Girarse a socializar ignorando al anfitrión en el instante preciso de su manifestación es quizás la muestra más flagrante de cómo la inercia ritual despoja a la liturgia de su carácter sagrado.

El imperativo del discernimiento laical

Estos desvíos cotidianos rara vez nacen de la mala voluntad o de una hostilidad consciente hacia el dogma; brotan del sentimentalismo, de la costumbre no cuestionada y de una severa falta de formación litúrgica fina. Sin embargo, el habitus de la repetición ciega termina por zombificar nuestras fórmulas sagradas, convirtiendo el misterio en un acto puramente sociológico.

Como laicos dominicos, nuestro llamado intelectual y espiritual es a combatir el embrutecimiento de la costumbre y a habitar la liturgia con pleno discernimiento de la verdad. Cuidar la precisión de nuestras declaraciones lingüísticas y respetar la pureza de los signos corporales es el primer paso para resguardar nuestra reserva ética y nuestra identidad creyente frente a la ligereza del lenguaje contemporáneo. La próxima vez que participemos en el banquete de la Eucaristía, hagamos el silencio necesario para que cada término y cada gesto recuperen su justa, profunda y divina dimensión.

¡Dios les bendiga!

Deja un comentario