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Bajo el manto de Nuestra Señora del Rosario, la Orden de Predicadores ha hallado desde sus albores un refugio maternal y una guía segura hacia la Verdad. Ella, Señora del silencio fecundo y de la palabra encarnada, sostiene con ternura los pasos de quienes buscan anunciar a Cristo con este tinte blanco y negro en el corazón contemplativo.
A lo largo de los siglos, su intercesión ha sido fuente de luz en las noches del alma, maestra paciente de innumerables conversiones y dulcísimo consuelo en los caminos del anuncio evangélico.
Como Laicos Predicadores, estamos llamados a ser su eco en el mundo: desprender el aroma de las rosas que florecen en sus manos, predicar con la belleza de una vida entregada y dejar que cada palabra, gesto y oración sean un pétalo ofrecido a su corazón.
Que el rezo del Santo Rosario nos mantenga siempre en su escuela, donde el amor se aprende en cada Ave María.
