
«Encontré al amor de mi alma»
Celebramos hoy a Santa María Magdalena, apóstol de los apóstoles, la mujer a quien Jesús resucitado encarga comunique a los discípulos un extraordinario mensaje: “Ve y diles a mis hermanos: subo al Padre mío y Padre vuestro, al Dios mío y Dios vuestro”. Evangeliza a los llamados a evangelizar.
Y en nuestros días, su testimonio y lo vivido por ella, cobra un especial relieve. Experimentó el amor misericordioso de Jesús. Se sintió amada y perdonada; elegida y enviada, habiendo experimentado en sí misma primero, lo que tendría que anunciar después. Porque, aferrada a la experiencia pre pascual, pretendió anclarse en ella y es el Señor mismo quien la aparta y la resitúa en la novedad que surge de la muerte y la resurrección. Una experiencia que transforma la vida y la misión.
La Iglesia y en ella cada bautizado, ha de escuchar constantemente el anuncio siempre nuevo de la presencia del resucitado y a partir de ahí, proclamar, desde la noche luminosa de la fe, la única luz que puede alumbrar a todo hombre y la historia misma de la humanidad.
«El primer día de la semana»
La Pascua de Jesús nos sitúa en el nuevo comienzo de todo. Comienza un tiempo nuevo, tiempo de gracia; comienza una existencia nueva, porque se pasa de la muerte a la vida; comienza una misión nueva, porque lo que se anuncia desborda todo lo que puede imaginar. María Magdalena ha de experimentar todo eso. Vive un proceso intenso. Ve un sepulcro vacío y concluye que se han llevado el cuerpo de su Señor. Nada más contrario a la verdad ocurrida. Pero está condicionada por lo inmediato. El dolor inmenso de lo vivido, acrecentado ahora por la experiencia del despojo, que era lo único que tenía. Este dolor se transformará en gozo cuando reconozca vivo al que buscaba entre los muertos.
Ella, como nosotros, aferrados a lo que puede ser tocado, pesado y medido, no vemos nada más en el horizonte. Por eso sigue llorando ella, lamentándonos nosotros. En el fondo, la palabra ha sido oída pero no escuchada, retenida, contemplada y vivida como fuente de vida. Le preguntan y somos preguntados, respondiendo con nuestras conclusiones, vencidos por la desesperanza. ¿Quién nos librará de esta situación? Se pregunta Pablo. Y su respuesta es la que aparece en el relato de Juan: “Mujer, ¿por qué lloras?”.
Con esa pregunta, Jesús comienza a sanar el corazón roto de María. Es preciso deshacer el razonamiento equivocado de ella para eliminar el dolor de la conclusión: se han llevado el cuerpo de mi Señor. Y para ello, Jesús pronuncia su nombre. Escucha María su voz y su corazón salta de gozo, curado. Esta es la experiencia pascual, que en todos se repite y produce la sanación de la vida. Eso ocurre con los de Emaús, con la Magdalena, con Pablo, con todo el que se encuentra con el Señor.
«He visto al Señor y ha dicho esto»
Ver y escuchar, porque se trata de eso. Ver al Señor resucitado y al mismo tiempo, escuchar lo que nos dice para llevarlo a los demás. Para ello hay que dejarse adentrar en una experiencia de amor (no de sentimentalismo devocional), para poder descubrir cómo el Señor se nos presenta hoy. María mira al resucitado aquella mañana y lo toma por el hortelano. Los de Emaús lo tuvieron caminando con ellos y solo lo reconocieron en la fracción del pan. María lo reconoce escuchando su voz. Nosotros tenemos que aprender a mirar y a escuchar, para reconocer su presencia siempre nueva.
¿Cómo buscamos y dónde buscamos al Señor?
Fray Antonio Bueno Esoinar OP
